ANTE LA INCERTIDUMBRE SOBRE EL FUTURO DEL SECTOR CULTURAL
ASOCIACIONISMO Y LUCHA
Juan Fuertes, AMPE Granada
Confinada en sus hogares, la ciudadanía española resiste al coronavirus mientras intenta averiguar qué escenario nos esperará cuando esto termine. La industria cultural y artística española no podría encontrarse más preocupada, y no le faltan motivos.
En primer lugar, el confinamiento ha privado muchos artistas de cualquier acceso a ingresos por su trabajo (precarizando sus condiciones de vida en todos los niveles) y todavía pueden pasar varios meses antes de que se puedan celebrar eventos donde confluyan muchas personas.
En segundo lugar está el éxito (predecible) de las plataformas de streaming (YouTube, Netflix, HBO, Spotify…), que están haciendo su agosto y apuntan hacia el control absoluto de todos los contenidos artísticos en línea: transformando los hábitos de los espectadores hacia el espacio virtual en detrimento de los espacios tradicionales (salas, pubs, teatros…), marginalizando en la irrelevancia a los artistas que no entren en su modelo (o que no puedan monetizar su trabajo de acuerdo a sus necesidades) y decidiendo sutilmente, a través de sus algoritmos opacos, qué vemos y qué escuchamos.
En tercer lugar, la industria depende de las decisiones de la administración, que está a merced de las políticas económicas de la UE. Hasta las previsiones más optimistas coinciden en que nos enfrentaremos a una crisis económica, ya advertida en los devastadores datos del paro y la caída de la bolsa, que obligará a los estados a endeudarse para mantener las economías en movimiento. ¿Qué políticas se aplicarán a nivel nacional y europeo para llevar a cabo este endeudamiento? ¿Un plan Marshall basado en el crédito barato, que proteja todo lo posible los ingresos de los más vulnerables, o un tenebroso regreso a las políticas de austeridad, ya conocidas en el sur de Europa? Si finalmente se impone el modelo de austeridad, el sector artístico-cultural tiene motivos de sobra para temerse lo peor: el recuerdo de la crisis del 2008 está tan fresco que se confunde con el presente. Incluso aunque la UE opte por políticas neokeynesianas, no-austeriticias, será difícil evitar un empobrecimiento general de la población, que impactaría negativamente en el consumo de arte y cultura en un país donde el gasto en cultural ya es raquítico (2,5% del gasto en bienes y servicios en 2017).
En cuarto lugar, las desalentadoras declaraciones del ministro de cultura, reconociendo la ausencia de una estrategia seria para proteger al sector cultural. Estas declaraciones han provocado escalofríos entre los trabajadores del sector.
Estos cuatro factores inquietan a muchos artistas, pequeños productores, propietarios y trabajadores de salas que ya se encontraban en situaciones lamentablemente precarias antes de esta crisis: afincados en la incertidumbre de no saber si habrá conciertos para pagar el alquiler, intentando compaginar como pueden su formación artística con trabajos temporales mal remunerados… En este momento es imprescindible, es urgente, una respuesta conjunta y decidida para evitar la catástrofe económica de los trabajadores y trabajadoras del sector, especialmente los más vulnerables. Para ello es preciso, en una primera instancia, presionar con fuerza a la administración pública para que mantenga viva la actividad cultural.
Para llevar a cabo una lucha de estas características estamos obligados a convertir la inquietud en indignación y la indignación en acción. El peor enemigo del futuro del sector es el desánimo y la desmovilización de sus propios integrantes.
Un ejemplo ilustrativo. En una publicación en Facebook del día 10 de Abril, un importante trompetista español de flamenco jazz criticaba el “apagón cultural” que diversos organismos del mundo de las artes promovieron en las redes para los días 11 y 12 de abril. El artista reconoce que los artistas ya vivíamos instalados en el desamparo administrativo (“¿Qué se esperaban?”), lamentando “tener que ver a gente exigir a personas lo que deben y no deben hacer” (refiriéndose a los promotores de la protesta). El mensaje termina citando una frase conocida: “en mi pueblo se decía… haber estudiado”. Muchos usuarios aplaudieron al trompetista por señalar un hecho bien conocido entre los artistas españoles: que nunca hemos gozado de ninguna protección ni ayuda para ejercer nuestra profesión, que salimos al mercado laboral sin red y sin arnés. Lo que me pareció preocupante del comentario es la sutileza con la que convierte la certificación de un hecho real (la desprotección de los músicos) en descrédito de una iniciativa de mejora para este hecho lamentable. La expresión “haber estudiado” intenta responsabilizar a los artistas de su propia precariedad, por haber tomado la decisión de serlo cuando sabían que las condiciones no eran buenas: es una muletilla cruel, fácil de arrojar contra cualquier persona vulnerable. Cuando vemos a músicos cuestionar de esta manera las iniciativas que persiguen mejorar su propia situación, necesitamos reflexionar profundamente. Este derrotismo no es en absoluto inocente: tiene unas causas y unas explicaciones políticas y económicas. El derrotismo, la desmovilización y la pérdida de la esperanza en la lucha asociacionista son expresiones puras de la mentalidad neoliberal que empapa incontables ámbitos de las sociedades contemporáneas. Cuando esta mentalidad se vuelve hegemónica, tiene el poder de crear profecías autocumplidas: los colectivos vulnerables asumen la precariedad como su condición natural (porque no recuerdan otra cosa) y, consecuentemente, se comportan como si no existiera alternativa posible. Se ataca la credibilidad de las iniciativas de cambio tachándolas de ingenuas o de impositivas (“exigir a personas lo que deben y no deben hacer…”), consiguiendo así que los propios individuos vulnerables contribuyan a mantener su condición desfavorecida.
Evidentemente, este desánimo nunca puede vencer por completo a la indignación que se enciende en los malos momentos. El sector artístico-cultural no debe asumir que es su destino agonizar lentamente después de esta crisis. Lo mismo es aplicable a todos los trabajadores y trabajadoras en situación de vulnerabilidad. Debemos cultivar el sentimiento de colectividad, de destino compartido, que ha emergido a raíz de esta crisis. Es nuestro deber que el sentimiento de colectividad se materialice en una lucha convencida (y convincente) a favor de la dignidad de los más débiles, de la protección de las actividades esenciales: sanidad, alimentación, vivienda, cuidados, educación… y cultura.
Porque el confinamiento se ha hecho patente un hecho tan fundamental como obviado: que el acceso a las artes (música, cine, literatura… soy consciente de que “cultura” es un concepto potencialmente inabarcable) nos alivia en los momentos difíciles y produce efectos saludables en el ánimo. El disfrute de los bienes artísticos es, indudablemente, una parte de la salud mental. Es preciso afirmar esto claramente, reivindicando la dignidad de nuestro trabajo y su papel imprescindible en el mantenimiento de condiciones de vida saludables para la comunidad.
Existen alternativas al modelo cultural actual del estado español. Como bien apunta Carles Dénia en un artículo de eldiario.es, es preciso aprender de las fortalezas de los modelos vecinos, como el francés, que protege mejor a los músicos profesionales. Dénia también identifica con precisión un problema de principios en la mentalidad de la administración: la propia terminología empleada para designar a los integrantes del sector cultural es confusa, incapaz de distinguir los colectivos más vulnerables de los menos vulnerables. No debemos confiar ciegamente en una mejora de modelo diseñada desde la administración: es nuestra responsabilidad adoptar un papel activo en su elaboración. Si se aúnan las experiencias y los conocimientos de los profesionales del mundo de las artes deberíamos ser capaces de alcanzar una propuesta realizable y eficaz. Para empezar, es necesario fomentar un sentimiento de hermandad entre todos los trabajadores y trabajadoras de esta industria, y aprovechar toda nuestra visibilidad para presionar a la administración y traer nuestras propuestas a la mesa… y mirar hacia Bruselas.
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